Crónicas de ciudadanos de Puerto Ordaz durante la cuarentena por la COVID-19

Síntomas de una ciudad

“Si nosotros nos descuidamos, si nosotros nos confiamos, pudiéramos tener una pandemia pavorosa sobre los pueblos de América Latina y el Caribe. Por eso, Venezuela da un paso al frente y declara la cuarentena total, la cuarentena social, la cuarentena del pueblo en todos los estados del país y en el Distrito Capital”, estas fueron las palabras del presidente Nicolás Maduro el 16 de marzo del 2020 para declarar la «cuarentena social y colectiva».  

Maduro, aparentemente, no sabía que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya había declarado, cinco días atrás, el carácter de pandemia de la COVID-19. El descuido ya había comenzado.

Desnutrición, pobreza extrema, deficiencia en los servicios básicos, un sueldo mínimo que no alcanza ni para comer, hiperinflación, escasez de medicinas y de gasolina. Se lee rápido, pero son algunos de los síntomas que forman parte de la Emergencia Compleja que azota a Venezuela y hacen más difícil la supervivencia en medio de esta contingencia.  

Puerto Ordaz, ubicada al sur del estado Bolívar, no escapa de la COVID-19 ni de los problemas que golpean a los venezolanos. La ciudad creció bajo aires de grandeza, gracias al auge de las empresas básicas. Todos querían vivir aquí; ahora, varios quieren huir.

Los dolores de los ciudadanos son varios: para llenar 20 litros de gasolina, las colas en las estaciones de servicio duran semanas, con extensiones de seis kilómetros o más; una distancia semejante a lo que serían 48 campos de fútbol. Desde hace más de un año el combustible es un tesoro. Las pocas unidades de transporte público se hacen esperar entre cúmulos de personas cansadas bajo el sol abrasador de una ciudad tan calurosa como lo es Ciudad Guayana. El sudor y los olores se comparten; los hombros y las manos se rozan. Dentro de los autobuses no hay distanciamiento social que valga.

La COVID-19 llegó a Puerto Ordaz y, con ella, todos nos preguntamos cómo evitar a este enemigo invisible a la vez que sobrevivimos en un país con tantas carencias. Aquí la mayoría vive del «día a día», y ese encierro voluntario que la «cuarentena social y colectiva» exige no es fácil de cumplir.

Debido a la pandemia, los ingresos del guayanés se redujeron. Algunos quedaron sin empleo y se las ingeniaron para subsistir ante el nuevo coronavirus y el hecho de vivir en un lugar donde los precios aumentan a diario en bolívares, dólares e, incluso, oro. La gente creó huertos en sus hogares para tener comida en su mesa. Y es que alimentarse ya es una tarea complicada cuando un kilo de carne cuesta alrededor de cuatro dólares y el sueldo mínimo apenas roza los dos dólares.

Padres, estudiantes y profesores de instituciones públicas y privadas, se adaptaron a la educación a distancia a pesar de las carencias: falta de equipos electrónicos, conexión a internet, fallas eléctricas y las deficiencias estructurales que el sistema educativo tenía antes del nuevo coronavirus. Algunos desistieron, otros siguen luchando hasta al final por su formación.

El eslogan de la campaña de prevención «lávate las manos» es casi imposible de cumplir cuando en casa no hay agua durante más de medio día. Esto resulta irónico ya que en este territorio confluyen dos de los cuerpos de agua más importantes del país: los ríos Caroní y Orinoco. 

El sistema sanitario no está preparado para afrontar la pandemia en lo absoluto. El personal de salud vive un constante miedo al contagio, los casos comunes de los hospitales continúan llegando y la cantidad de casos confirmados del nuevo coronavirus se elevan, en parte por la flexibilización improvisada y también porque las personas se descuidan al pensar «eso no me pasará a mí».  

La COVID-19 no solo ha encerrado a la gente dentro de sus hogares. Muchos han tenido que despedirse de sus familiares a través de puertas o ventanas, sin un último abrazo, sin un último beso. Hasta el momento, ha causado más de 600 mil muertes y cada día se registran alrededor de dos mil casos en todo el mundo. 

Aunque el nuevo coronavirus nos afecta a todos, los ciudadanos de Puerto Ordaz convivimos con otros males que no tienen nada que ver con un virus. O, por lo menos, no uno que se ve a través de un microscopio sino a través de una gestión que no apunta a preservar la dignidad humana.

Aquí todos somos víctimas, pero no solo de la pandemia.

Bucle temporal sin fin

La consigna “quédate en casa” parece fácil y hasta cómoda, aunque, lo cierto es que no todo es color rosa: la cuarentena por la COVID-19 afecta la salud mental más de lo que realmente creemos, incluso para un psicólogo.

COVID-19: Temor invisible y a la vez palpable

En las trincheras por la lucha ante el nuevo coronavirus, el personal de salud es quien está en la primera línea de batalla y sus escudos son los equipos de bioseguridad y acatar medidas como lavarse las manos constantemente; pero, ¿cómo enfrentar al virus sin los implementos adecuados?

La COVID-19 es normal

“Quédate en casa” no es opción para aquellas personas que deben salir todos los días a trabajar, puesto que depende de un salario fijo; entonces, ahí es cuando la paranoia de saber si el virus pasó justo enfrente de ti hospedado en algún cliente, jefe o compañeros de trabajo incrementa

“Siempre hay una posibilidad”

José tuvo que alejarse del deporte para entrar en el mundo del comercio. En medio de una crisis económica decidió emprender, ahora se enfrenta a una pandemia que ha cambiado las cifras de su flujo de caja. Pero no se queda en la banca, cada día sale a jugar.

“Todo se limitó a estar sentado frente a una pantalla”

¿Cómo se puede recuperar el tiempo perdido durante una pandemia? O mejor, ¿cómo se recupera la juventud que no se pudo aprovechar debido a las condiciones de un país al que todo le quitaron? Estas preguntas son las que rondan la mente de cada uno de los jóvenes que deciden irse del país en búsqueda de la vida que se plantearon.

La educación en casa es forzada

Mantener una rutina en cuarentena es complicado en especial para quienes les toca aprender desde lo que antes de la COVID-19, solía ser un lugar de descanso, juego y distracción. A los padres les toca la tarea de acompañar.

Una luchadora por sus defensas

Al segundo mes de cuarentena por la pandemia de la COVID-19 Fabiana pensó que se estaba volviendo loca por el encierro. Los síntomas la obligaron a hacerse unos exámenes de sangre y los resultados le cambiaron la vida por completo.

“De todo se aprende”

Día a día, Andreina piensa nuevas formas sobre cuál es la manera idónea de enseñar a sus estudiantes de bachillerato. Ahora con la pandemia por la COVID-19, se ha quedado sin ideas y la odisea apenas comienza: el próximo año escolar también es a distancia.

Créditos

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Gabriela Navarro y Valeria Requena.
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