¿Cómo se puede recuperar el tiempo perdido durante una pandemia? O mejor, ¿cómo se recupera la juventud que no se pudo aprovechar debido a las condiciones de un país al que todo le quitaron? Estas preguntas son las que rondan la mente de cada uno de los jóvenes que deciden irse del país en búsqueda de la vida que se plantearon.

Terminar la carrera universitaria es un logro que muchos jóvenes esperan y planifican en su vida. Luego de cuatro años y medio estudiando, el último semestre representa un ritual de despedida. Es un tiempo para seguir disfrutando con amigos la libertad de ser estudiante y no tener (tantas) responsabilidades, es salir de fiesta, aprovechar las actividades en la universidad, tomar ese último suspiro de estrés por los exámenes parciales y disfrutar que se está a punto de cumplir un sueño.

A metros de llegar a la meta y terminar ese maratón de cinco años, la experiencia de muchos se vio truncada por la llegada de la COVID-19. Y Pierina Carreño fue una de ellos.

 

Objetivo claro

Los salones de clase y los jardines del campus de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab) en Guayana fueron reemplazados por un apartamento vacío. Pierina vive sola pues sus padres y su hermana se fueron del país, formaron parte del millón de venezolanos que salieron anualmente del país entre 2017 y 2019, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) publicada en julio de este año.

Pierina se quedó en Puerto Ordaz, ella terminaría su carrera costara lo que costara. Su motivación más grande era seguir hasta conseguir su título de Licenciada en Comunicación Social y, así, poder abrirse camino en el mundo laboral e iniciar la búsqueda de la vida que en Venezuela no ha podido disfrutar.

Con ese objetivo en mente, Pierina inició su último semestre sin imaginar el desgaste que su nueva rutina le generaría.

“Nunca un semestre me había cansado tanto a nivel emocional”.

 

Reto aceptado

Cuando el presidente Maduro decretó el estado de alarma a nivel nacional debido a la pandemia por el nuevo coronavirus, la Gaceta Oficial planteaba la suspensión de “las actividades escolares y académicas en todo el territorio nacional a partir del día lunes 16 de marzo de 2020”.

Ante este cambio, en la Ucab Guayana decidieron comenzar los preparativos para iniciar clases bajo la modalidad virtual, y así se hizo. El 27 de abril comenzó el semestre que, para muchos, sería el final de su vida universitaria, aún cuando no podrían poner ni un pie en las aulas.

—“Tenía grandes expectativas de este semestre; yo tenía toda la ilusión del mundo de ir a la universidad con mi camisa de promoción a tomarme fotos con los muchachos, a ver a mis compañeros de periodismo a los cuales les agarré muchísimo cariño. Y pensar que iba a vivir mi último semestre de esa forma, sabiendo lo inestable del internet, de la luz y de mi horario de sueño dije ‘berro, siento que esto va a ser un desastre y tengo miedo de no lograrlo’”.

Pierina quería usar su camisa de promoción en los pasillos de la universidad. Así como lo había hecho cada promoción antes de la suya. Créditos: Cortesía.

 

Entre prisas y pausas 

Apenas se despertaba, desayunaba y encendía su laptop y su computadora de escritorio. “Todo se limitó a estar sentado frente a una pantalla”, comentó. Al principio, los cortes de electricidad y las caídas del internet no le dejaban permanecer en las clases tranquila. Luego de cuatro meses de clases fue que la situación comenzó a mejorar.

Así fuese estudiando, haciendo trabajos, asistiendo a clases o distrayéndose; Pierina no se despegaba de los aparatos. Comenzó a tener dolores de espalda, de cabeza y cansancio en los ojos.

Convirtió la sala de su apartamento en su lugar de trabajo porque si se quedaba en el cuarto corría el riesgo de dormirse. Allí se trasnochó en diferentes ocasiones, estudiando o viendo alguna película para despejar la mente.

En el sofá de su sala montó su oficina y salón de clases. Créditos: Cortesía.

Pierina pasaba casi todo el día frente a las computadoras o al teléfono pero había un momento del día en el que todo se paralizaba. El silencio y quietud de la rutina viviendo sola se veían atropellados por el sonido que los grifos emitían al despertarse de su letargo: Había llegado el agua.

Una hora en la tarde y una hora en la noche, era todo lo que tenía. 60 minutos en los que Pierina debía correr, literal y figurativamente. Bañarse, lavar los platos sucios, lavar ropa, regar las plantas, alimentar a sus morrocoyes y recoger agua para el día siguiente.

Pierina debía guardar agua cada día pues en su edificio el servicio es racionado. Créditos: Cortesía.

Créditos: Cortesía.

Cuestión de tiempo

El estrés se incrementó poco a poco. Los estudiantes universitarios en condiciones normales ya tienen niveles altos de estrés. Ahora, si a este se le suma atravesar sus evaluaciones mientras ocurre una pandemia a nivel mundial y en un país donde el sistema de salud poco promete. Lo más lógico es que en algún momento exploten.

El cansancio y la tristeza abordaron a Pierina. Se sentía extremadamente sola, necesitaba abrazar a alguien, tener contacto con alguien e, incluso, hablar con alguien. Comenzó a dormir menos y a dejar de prestar atención en las clases.

—“La frustración y la incertidumbre del mismo coronavirus y de que no te enfermes te estresa, más el estrés de la universidad. Todo ese estrés combinado te puede enfermar. Yo me he enfermado”.

A pesar de que Pierina habla con sus padres todas las semanas, y estos le dan ánimos y la apoyan a seguir adelante. Sintió en sus abuelos, que también viven en Puerto Ordaz, “un apoyo en otro nivel”.

—Por ejemplo, hay veces en las que yo no sé qué cocinar, porque no soy la mejor cocinera del mundo, y mi abuela, por ejemplo, me dice “Pieri, si tienes gasolina y tiempo vente a la casa rapidito, te tengo aquí, por ejemplo, unas caraotas, una sopa…”.

Sus abuelos son una constante preocupación para ella. Le da miedo que se puedan enfermar y ella no pueda hacer nada. Durante los casi cinco meses que la ciudad lleva en cuarentena, ella solo ha podido visitarlos hasta el portón de su casa. Sin bajarse del carro. Eso sí, cuando la gasolina se lo permite.

La soledad fue el factor que más le afectó emocionalmente a Pierina. Créditos: Cortesía.

Con respecto a las clases, Pierina muchas veces siente que está viendo un canal de televisión. No tiene ánimos de participar en clase pues no es lo mismo. Sin embargo, el tener que superar este semestre le ha servido para mantener la mente ocupada durante el encierro.

—“Es como que tenemos algo que como que nos da fuerzas para levantarnos en la mañana y ponernos productivos y como que no nos dejamos consumir ni por la flojera, ni por la frustración de estar encerrados”.

Sus notas no han bajado de 15 puntos y comenta que los trabajos en grupo la ayudaron a “no desfallecer”.

“Tuvimos que sacar resiliencia y fuerza de donde no teníamos para poder hacerlo bien”.

Las pocas veces que ha salido de su apartamento, ha cumplido juiciosamente una rutina de desinfección al volver. Créditos: Cortesía.

Juventud robada

Las vacaciones de este año Pierina las pensaba pasar con su familia en España, luego de casi dos años sin verlos. Y con voz entrecortada admite que esto, obviamente, ya no pasará. La pandemia arruinó muchos de los planes que tenía para este año pero hace énfasis en que su juventud tampoco ha sido como ella la ha querido. Es el reflejo de millones de jóvenes venezolanos a los cuales el declive de la situación económica del país no les ha permitido disfrutar de la juventud que quizás sus padres sí vivieron.

—“Tengo casi 23 y si vivo sola no es porque la casa yo me la alquilé, el carro no es porque yo me lo compré, es porque me los dejaron… Nuestros trabajos no rinden para ir e independizarnos y poder darnos esos que para nosotros son lujos: ir a comernos un helado, ir al cine. Y la pandemia lo que hizo fue agudizar eso y las pocas libertades de las que disfrutábamos sin la pandemia ya nos las quitaron y es como que ¿en qué momento yo voy a poder disfrutar?

¿Y ahora?

Pierina, como muchos de los jóvenes que siguen apostando por la educación en Venezuela, ha superado muchos obstáculos para alcanzar su graduación. Sin embargo, puede que no esté en el país para recibir su título en mano.

—“Tomando en cuenta lo de la pandemia, tomando en cuenta que la vida a veces cambia me he resignado a que a pesar de que quiero mi acto de grado no sé si me pueda quedar para él o no. Yo preferiría que sí y voy a intentar que sí, pero no se sabe”.

Una de las cosas que sí sabe es que, apenas termine la cuarentena, lo primero que quiere hacer es visitar a sus abuelos. “Entrar a la casa por fin, porque no he entrado a su casa en meses y darles un abrazo y comer con ellos. Pasar por lo menos una noche con ellos, así reírme con ellos, abrazarlos, estar con ellos”.

Los deseos de Pierina no son de otro mundo, ni se necesita un millón de dólares para hacerlos realidad. Son deseos sencillos que la crisis humanitaria venezolana y, ahora, la COVID-19 no le han permitido cumplir.

Gabriela Navarro