A Ronid Lugo le tocó enfrentar la incertidumbre de no saber si a la siguiente semana tendría algo de comer en su plato. Ante la pregunta ¿qué voy a hacer?, su única opción fue caminar.

 

Conocer el dinero desde muy joven fue lo que impidió que Ronid Lugo siguiera con sus estudios cuando terminó el bachillerato. Desde los 15 años comenzó a trabajar haciendo funcionar carritos eléctricos para los niños en la plaza de La Navidad en Puerto Ordaz.

“Uno lo que hacía era agarrar una moneda y meterla al carrito. Quedaban arriba donde está la casita de chocolate. Y de ahí me pasé pa’ un trampolín.”

 

 

 

A pesar de que lo ayudaron a entrar en la Universidad Católica Andrés Bello en Guayana, Ronid no quería estudiar.

—“Ya vi plata, me encariñé con la plata y eso es algo que de joven, de chiquitico, no se puede hacer”.

 

Inicios tras la plancha

Con el tiempo, logró entrar en la pizzería de la misma plaza y ese fue el inicio de su carrera trabajando con comida rápida, rubro al que se dedica actualmente, a sus 28 años de edad. Luego de estar desempleado un año, al salir de la pizzería, unos amigos le propusieron iniciar un negocio cerca de sus casas, en Villa Brasil. Esas ganas de trabajar y estar preparado para aprovechar las oportunidades son los factores que han mantenido al joven dispuesto: “Uno se tiene que mover, si uno no se mueve ¿cómo vamos a hacer?”, comentó.

Ahí fue donde aprendió a hacer hamburguesas y perros calientes. Sin embargo, el negocio no surgió y Ronid volvió a quedar desempleado. La experiencia con sus amigos le permitió encontrar otros trabajos en los que duró mucho más tiempo. Uno de los últimos en los que estuvo fue en “El buen comer”* donde se encargaba de preparar hamburguesas, perros calientes y choripanes. Al mismo tiempo, trabajaba haciendo tostones empaquetados para un señor que los distribuye en Caracas.

—“Yo con los tostones trabajaba a las 7:00 y después cuando salía de los tostones, que era la 1:00, ya como a las 2:00 o 3:00 tenía que venir pa’ acá. Comer, cambiarme y subir otra vez pa’ allá. No me daba tiempo”.

En “El buen comer” estuvo casi cuatro años pero, de nuevo, Ronid se quedó sin empleo. Esta vez no debido a la falta de clientes o por falta de experiencia, sino por la llegada de una pandemia a la ciudad.

 

El día a día

Con la aparición de la COVID-19 llegaron las medidas de prevención impuestas por el Estado. El estado de alarma, decretado en Gaceta Oficial por el presidente Nicolás Maduro en marzo de este año, implicó que los establecimientos dedicados al expendio de comidas y bebidas solo podrían trabajar “bajo la modalidad de reparto, servicio a domicilio o pedidos para llevar”. De esta manera, sin una logística de acción ante este cambio en sus operaciones, “El buen comer” ya no podría seguir trabajando.

Apenas quedó desempleado, Ronid pensó en que todo cambiaría y no sería nada fácil. Se sentía aterrado por el nuevo coronavirus en la ciudad, “porque si te llegas a enfermar, ¿cómo te vas a curar?”.

—“Sentí que se me iba a poner difícil la cosa porque uno trabaja pa’ la necesidad de uno, pa’ el día a día porque uno vive del día a día. Porque si uno fuera multimillonario uno no viviera del día a día uno pudiera vivir nada más de los reales que uno tiene”.

Ese día a día se hacía largo cuando tenía que rendir su sueldo para comprar sus alimentos. Mientras trabajaba, el dinero que ganaba semanalmente le permitía comprar “un arroz, un paquete de harina PAN, una pasta, un paquete de harina de trigo y la mantequilla”. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), presentada en julio de este año, el 79,3% de los venezolanos no tienen cómo cubrir la canasta de alimentos. Ronid entra en estas cifras, y es que para él comprar carne o pollo es un lujo que no se puede permitir. La proteína ha desaparecido de sus platos.

Cambio de rutina

La cuarentena encontró a Ronid solo, su única compañía en casa ha sido la de su perra “Cuchi” y las visitas de su mamá los fines de semana. Su rutina diaria cambió completamente. Ya no tenía que pararse temprano y salir de su casa a trabajar todo el día. Ahora, Ronid pasaba sus días viendo televisión, limpiando, lavando o usando el teléfono con el Wifi que le pedía prestado al vecino. Eso hasta que tuvo que salir de nuevo a buscar trabajo.

Villa Brasil se caracteriza por sus múltiples veredas. Aquel que no conoce la zona podría fácilmente perderse al intentar transitar por sus estrechas calles que separan casas con casas. Todas las veredas Ronid las caminó buscando algo que pudiera hacer y por lo que le pudieran pagar.

—“Normalmente cuando uno camina, uno veía el chance y la oportunidad”.

Con su mascarilla y cumpliendo su proceso de desinfección al llegar a su casa, Ronid salía a buscar los reales. “Las medidas que han tomado me parecen bien, la cosa está en que uno vive del día a día, uno tiene que salir, uno tiene que luchar. Porque eso es mentira que vamos a estar en cuarentena, ¿con qué vamos a comer pues?, ¿con qué vamos a trabajar?, ¿con qué vamos a vivir? Todo está cerrado, ¿cómo vas a hacer?”

A pesar de la necesidad de generar ingresos, Ronid nunca perdió esperanzas ni se deprimió. “Porque uno tampoco va a estar demostrando que uno está pasando la cosa mala. Uno tiene que estar perfil arriba que uno está bien en este mundo. Y así yo andaba pues, con la fe con Dios de que yo sé que esto iba a salir pa’ alante”.  

Referencias personales

Por suerte, Ronid ha pasado sus 28 años de vida creciendo y conociendo a todo el que pueda en Villa Brasil. Eso le permitió tener una red de contactos a la cual acudir en búsqueda de un empleo.

—“A veces me llamaban porque necesitaban un apoyo y yo iba pa’ allá o amigos que yo les decía “mira ve, si necesitas algo por ahí yo voy contigo” y así es que más o menos uno se podía resolver, a través de los amigos y a través de que uno iba para allá y veía qué se podía hacer pues”.

Limpiar y pintar casas fueron algunas de las tareas que Ronid consiguió. Por estos trabajos le pagaban con comida y de esa manera resolvía el día o la semana. Su familia fue un apoyo fundamental durante este período, su mamá y su hermana lo ayudaron económicamente con lo que pudieron.

 

Donde come uno, comen dos

Otra ayuda económica que tuvo fue la de los bonos del “Plan Chamba Juvenil”, programa desarrollado por el gobierno de Maduro que “busca incluir a los jóvenes del país al campo laboral”, esto según una nota de prensa del Ministerio del Poder Popular de Economía y Finanzas. Con el uso del Carnet de la Patria, a Ronid le depositan una cantidad de dinero los 28 o 30 de cada mes.

—“Son ¿qué? 300 bolos. ¿Qué es eso? Una harina PAN. Pero como uno dice, eso puede más o menos ayudar porque si viene la caja CLAP uno puede sacar esos reales y pagarla. Pero de aquí a que venga esa caja CLAP esos realitos no te van a alcanzar”.

Las cajas de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) fueron la alternativa que el gobierno de Maduro encontró para combatir la escasez de alimentos. A través de una caja de alimentos a precio subsidiado las personas podrían tener lo necesario para alimentar a sus familias. Esto en teoría, claro. La práctica fue muy distinta.

El negocio entorno a estas cajas destinadas a la ayuda social está corrompido desde cualquier punto de vista, desde las fábricas en las que elaboran los alimentos, hasta la repartición de las mismas en las comunidades.

Aún así, Ronid se considera afortunado. “Hay gente que está peor que nosotros. Yo a veces me pregunto, berro ¿cómo hará esa gente?”. Han sido varias las ocasiones en que personas llegan pidiendo colaboraciones a su casa, personas que se ven en la necesidad de pedir para llevar algo de comer a sus hogares. Él les ha entregado lo que puede, sobre todo cuando tiene productos de la caja CLAP, “porque si no me costó mucho, ¿qué me cuesta darle eso a ellos? Nada tampoco”.

 

Una “chispa” de esperanza

Después de cuatro meses sin trabajo, Ronid seguía caminando y consideró trabajar siendo vigilante, algo que nunca le ha gustado. Se quedó esperando la llamada para que lo contrataran pero recibió una diferente porque en “El buen comer” comenzarían a trabajar bajo pedidos por delivery.

Las ventas no son las mismas por lo que el sueldo no es el mismo. Pero es algo.

Ronid piensa invertir un dinero en comprar panes para vender. Considera que es un riesgo pero que tiene que intentarlo. “Uno tiene que arriesgarse a juro. Porque pa’ decirte ¿y si me va bien en esa broma? Ese es otro ingreso más y uno nunca sabe”.

Se le “prendió la chispa” de iniciar su propio negocio cuando vio a sus amigos de la urbanización trabajando por su cuenta como repartidores en bicicleta, una modalidad que se incrementó en la ciudad a causa de la escasez de gasolina a nivel nacional.

Para Ronid, estancarse no es una opción, él seguirá luchando cada día por salir adelante y dar ese paso más. “Eso es lo básico que tiene que hacer uno el ser humano”, indicó. “Poner un pie alante, no dar un pie hacia atrás”.

 

*El nombre del establecimiento de comida fue cambiado para crear relatos que conecten con todos y no con un grupo en particular.

 

 Gabriela Navarro