En las trincheras por la lucha ante el nuevo coronavirus, el personal de salud es quien está en la primera línea de batalla y sus escudos son los equipos de bioseguridad y acatar medidas como lavarse las manos constantemente; pero, ¿cómo enfrentar al virus sin los implementos adecuados?

 

“¿La COVID-19 de verdad existe?” preguntan varios pacientes a Carmen María* en la emergencia del hospital Uyapar, ubicado en Puerto Ordaz. Ella contesta que sí. “La gente no cree en el coronavirus, no entiendo”. El primer paciente de COVID-19 en el estado fue declarado el 25 de marzo del 2020.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que la COVID-19 es nueva y forma parte de la familia de coronavirus que causan “desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS)”.

La residente de medicina interna considera que las personas no creen en el virus porque no lo han visto hospedado en algún familiar o amigo. Ahí es cuando la pelona y el miedo acechan, sobre todo por las condiciones sanitarias de los hospitales de la ciudad. “He visto muchas personas morir y todo por una infección respiratoria, focos múltiples que es lo típico en el coronavirus. Eran personas que estaban sanas y a los tres días muertas”.

Carmen María tiene un año y medio trabajando en el Uyapar que, aunque no figura en la lista de hospitales centinelas que el Gobierno estatal designó para combatir el coronavirus, ahí se atienden casos de COVID-19. Por parte del personal de salud del hospital existe un temor constante no solo de contagiarse, sino cargar con la culpa de que alguno de sus familiares les pase algo por haberlos contagiado.

 

Tapaboca incluso en casa

Durante las 24 o 30 horas de guardia semanal que tiene Carmen, el miedo al contagio es constante y piensa siempre, sistemáticamente, cómo se quitará el tapaboca o ropa al retornar con su hijo, padres y tía, quienes son adultos mayores con enfermedades como diabetes e hipertensión, por tanto forman parte de la población vulnerable a la COVID-19. Ella es la única que sale tanto a trabajar como a comprar lo esencial: comida.

Cuando Carmen llega del hospital, el proceso de desinfección para entrar a casa tiene más pasos que cuando viene de otro lugar. Los zapatos, bolso y otros objetos del Uyapar permanecen en el maletero del carro, va al patio, se desviste y todo va directamente a la lavadora y ella a bañarse “casi que con cloro” en el baño que tienen en la parte de atrás de la casa.

Si Carmen llega de otras diligencias utiliza el portón principal, se quita los zapatos, los cuales son el único par que tienen contacto con el exterior, y entra a su casa por la puerta principal. Solo se la lava las manos y cara.

El encierro en el cuarto forma parte de su cotidianidad. Cuando sale de sus cuatro paredes, lo hace con tapaboca. “Así no tenga síntomas permanezco con cuidado hacia mi familia”. Incluso Carmen llegó a pensar que tenía COVID-19; estuvo algunos días con bronquitis.

Sala mixta para paciente respiratorios negativos de COVID-19. Créditos: cortesía.

Protección escasa  

Batas de cirujano, tapaboca, gorros, guantes, careta y lentes de bioseguridad forman parte del equipo que necesita el personal de salud ante la contingencia por la pandemia. Ese debería ser el nuevo uniforme de Carmen; sin embargo, el centro de salud no les proporciona dichos implementos regularmente. “Ahorita no tenemos ningún tipo de equipo de bioseguridad en el hospital. Solo nos dan guantes y, a veces, cuando hay, bata de cirujano. Tapaboca nunca hay”.

Carmen y sus colegas costean por cuenta propia los equipos de bioseguridad y se ayudan con donativos. Algunos solo perciben un poco más del salario mínimo que ganan en el Uyapar, el cual está en 4.6 dólares,  y un paquete de tapaboca cuesta 20 dólares. Se necesitan más de cuatro salarios mínimos para comprar, únicamente, las mascarillas. O se protegen de la COVID-19, o comen. 

“En otros países con el equipo de bioseguridad ultra uff, que era el blanco cubierto todo, los doctores se contagiaron y murieron, ¿qué quedará de nosotros que no tenemos nada?”. Con la pandemia por la COVID-19, las condiciones del hospital Uyapar empeoran aún más. En diciembre del 2019, las enfermeras protestaron por la crisis de salud.

“Como un paciente normal”

Dificultad para respirar o fiebre son sensaciones que Carmen tiene al atender a personas que fueron confirmadas con COVID-19 a través de las Pruebas de Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR), los únicos tests que la OMS, al igual que la Organización Panamericana de la Salud (OPS), aprueban para diagnosticar el virus.

A pesar del miedo constante, Carmen da lo mejor de sí en las guardias. Créditos: cortesía.

“Es como mental (…) uno se enferma solo de pensar que te puedes contagiar”. A pesar de que es difícil, ella intenta mantenerse fuerte y los atiende “como un paciente normal” con su equipo de bioseguridad. El miedo al coronavirus siempre está.

Al inicio, indica Carmen, eran pocos pacientes con COVID-19; “ahorita son seis diarios”, en julio 2020, y la mayoría son referidos al hospital Dr. Raúl Leoni, ubicado en el barrio Guaiparo de San Félix, al Ruiz y Páez en Ciudad Bolívar o a algún Centro de Diagnóstico Integral (CDI) porque “el Uyapar cuenta nada más con diez camas”.

El número de casos confirmados por COVID-19 en el estado Bolívar continúa en aumento. Al cierre de este texto, 27 julio del 2020, según el portal del Gobierno Patria Blog hay 1668 pacientes en la entidad y seis muertos en total.

Carmen cree que hay más muertes. Aunque oficialmente no hay casos en el Uyapar, Carmen explica que “sí hay muertos por COVID-19, pero como no tenía la confirmatoria (PCR) no entran en la epidemiología ni en la estadística” y en el acta de defunción le colocan “neumonía focos múltiples y una falla cardio-respiratoria o multiorgánica. En algún lugar se coloca: descartar por COVID” y los resultados del test nunca llegan.

Carmen solía hacer pequeños “compartir” en sus guardias . Ya no puede. Créditos: cortesía.

La residente dice que “hay varios factores como rayos equis con machas, laboratorios alterados que te permiten determinar si alguien puede tener el coronavirus”. Esto se repite en otros centros de salud del territorio guayanés, lo cual incrementa la incertidumbre en Carmen de si ella atendió a algún paciente COVID-19 y no lo sabía; se pregunta si ella misma será uno. Cualquier persona con síntomas parecidos a lo del virus, podrían tenerlo y no lo sabrían a tiempo, ya que en Venezuela solo hay tres laboratorios que analizan PCR: dos están en Caracas, a más de 600 kilómetros de Puerto Ordaz, y el tercero en el estado Táchira, cuyo viaje (solo de ida) sería casi 19 horas sin parar.

Cuesta respirar

Las carencias son variopintas en el hospital Uyapar y Carmen se siente de “manos atadas” mientras los familiares le piden a gritos que haga algo. Ella trata siempre de tener algo en su bolso para resolver, como Mary Poppins. Muchas son las veces que no tiene lo que las personas necesitan. “Darles un récipe puede ayudar”, lo cual es igual de difícil por la escasez de medicamentos que hay en el estado Bolívar.

Carmen dice que los flujómetros figuran entre las faltas que existen en el centro de salud, los cuales son sumamente vitales ante la contingencia sanitaria. Los síntomas de la COVID-19 son respiratorios y al no poder atacarlos, los pacientes mueren. Solo quedan dos aparatos en todo el centro de salud.

No más reuniones

Tristes, vacíos, desolados, sucios; así describe Carmen los pasillos del Uyapar. Eso no ha cambiado mucho con la llegada de pandemia. Los ánimos sí: el miedo reina entre especialistas, residentes, enfermeras, milicianos por la amenaza de la COVID-19.

“Antes en todas mis guardias hacía un compartir, todas y ahorita no quiero hacer nada”. Era media hora para distraerse del agobio y estrés de las emergencias; las guardias en pandemia son solitarias en el cuarto para residentes, mientras revisa los historiales de sus pacientes. Baja a emergencias cada hora y media o solo cuando la llaman.

“La COVID-19 te afecta muchísimo mentalmente”. Son momentos de ser fuerte y apoyarse manteniendo la distancia social, más no la afectiva. Este equipo de salud se mantiene en constante comunicación para darse ánimos juntos, “realmente sin nosotros no hay nada en el hospital”.

Una soldado más 

Durante la pandemia, un señor llegó solo a la emergencia con un cuadro de una posible enfermedad cardiovascular y no tenía cómo costear los exámenes. Carmen decidió pagarle algunos laboratorios para descartar que fuera una hipoglucemia. No era la primera vez que lo hacía; su motivo principal de mantenerse en el hospital es sumar un granito de arena.

Ella no depende completamente del sueldo del Uyapar, pero ayudar con sus conocimientos la llenan plenamente. Es su mayor satisfacción tras las guardias llenas de miedo e incertidumbre ante el contagio por la COVID-19.

Para Carmen María: la pasión es su motor.

*El nombre de la entrevistada fue cambiado para proteger su seguridad.  

Valeria Requena