Día a día, Andreina piensa nuevas formas sobre cuál es la manera idónea de enseñar a sus estudiantes de bachillerato. Ahora con la pandemia por la COVID-19, se ha quedado sin ideas y la odisea apenas comienza: el próximo año escolar también es a distancia. 

 

Si estás en la escuela, extrañas tu casa; si estás en tu casa, extrañas la escuela. 13 años tiene Andreina Dávila dando clase incluso antes de graduarse como licenciada en Educación, mención Ciencias Sociales. La docencia está en sus venas y para ella es un orgullo ser profesora; sin embargo, por primera vez en mucho tiempo tiene miedo: no sabe cómo afrontar el próximo año escolar en el colegio público para el que trabaja, ubicado en Puerto Ordaz.

“Cada familia, una escuela” es el plan que el Gobierno venezolano ideó, ante la contingencia por la COVID-19, y se centra en la educación a distancia, alimentación escolar y apoyo psicosocial. Según Nicolás Maduro, las actividades iniciarán el 16 de septiembre del 2020 bajo esta modalidad.

A menos de dos meses de iniciar las clases, Andreina no sabe cómo dará sus lecciones de inglés; lo cual la asusta. “Una de las razones por las que sigo en el Ministerio de Educación, con todo y los problemas que hay, es que soy de las que piensan que si uno sigue abandonando a la institución y la educación de los chamos de este país, ¿qué quedará?”.

Andreina, quien ama su trabajo, aún medita cómo hará con el inicio del próximo año escolar. Aún tiene tiempo, mientras asimila el último lapso de bachillerato que fue entre los meses de marzo a junio del 2020. No tuvo muchas opciones. Intentó dar lo mejor de sí para y por sus estudiantes.

 

La reestructuración es necesaria

El ministro de Educación de Nicolás Maduro, Aristóbulo Istúriz, decretó el 7 de abril del 2020 la suspensión de las clases presenciales por el resto del año escolar, las cuales finalizaron a través de plataformas digitales. Los docentes no estaban preparados para esto. Andreina no estaba preparada para esto.

Ella considera que sí se debió posponer la continuación del año escolar para preparar al docente, e incluso padres, sobre cómo realmente enseñar a través de pantallas en una ciudad donde varios sectores no poseen el servicio de internet como la teacher.

La Red por los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes (REDHNNA) indicó en una carta abierta que “migrar a un modelo de educación a distancia sin considerar las mínimas previsiones ni proponer acciones para corregir las fallas estructurales de las que el sistema adolece, (…) es agravar las condiciones de vulnerabilidad”, tanto para las familias, estudiantes y profesores.

 

Reto aceptado

Andreina, ansiosa y dedicada a su trabajo, pasó horas en la computadora indagando cuál sería el mejor método para enviarles las clases de inglés a sus cuatro secciones de tercer año de bachillerato. Videoconferencias por Zoom, Chat Board y videos por Facebook fueron las opciones más viables que ella encontró. Estaba bastante emocionada.

Buscó los correos electrónicos de sus 100 alumnos y envió una invitación para una videollamada; solo 50 contestaron. “Profe nosotros no tenemos cámara”, “profe el celular de mi mamá no quiere funcionar” fueron algunas de las frases que escuchaba. Sus estudiantes querían, pero no tenían cómo.

Rápidamente Andreina olvidó lo investigado y decidió enfocarse en repasar lo que dio en el primer y segundo lapso. “Estaba segura de lo que estaba dando porque fui yo quien lo dio, pero me vienen unos chamitos que no me conocen. No hay ninguna conexión y para rematar no sé si ellos tienen internet, cuáles son sus conocimiento en el idioma. Todas esas cosas me preocupan”.

Tres cartillas, unas especies de guía, fueron las aliadas de Andreina. Ella tardó unas cuatro horas en elaborarlas, luego las llevaba a las carteleras del plantel educativo y los estudiantes las copiaban, para dos semanas después llevar los resultados. “En este lapso me interesé porque no olvidarán el contenido que les había enseñado”.

Como los estudiantes sabían lo estricta y dedicaba que era la teacher, le ponían corazón a las tareas. Créditos: Cortesía.

 

Sexto sentido

La teacher conocía a sus estudiantes como conoce su biblioteca de libros preferidos y en varios casos la comunicación fue complicada. Cada familia tiene una realidad distinta. Por ejemplo, Andreina conoce casos de niños que sus padres se han ido a las minas del sur del estado Bolívar o del país y los dejan solos, a cargo de dos hermanos pequeños. O trabajan o comen o estudian. Las opciones se reducen y abandonan su educación.

Otra alumna que “es una niña brillante, no llevó ninguno” de los tres trabajos que Andreina había enviado. “Le pasó algo” fue lo primero que pensó. Mandó un mensaje; nada y decidió llamar. La niña estaba en Ciudad Piar y el colegio no sabía eso, ahí el motivo por el cual jamás le llegaron las asignaciones. “Creo que el problema de la virtualidad es eso, o mejor dicho de educación a distancia en mi caso: no tener herramientas para virtualizar la materia” ni ellos como docentes ni los estudiantes.

 

Extraña la rutina

“Aprender nuevamente a vivir bien” es parte de las enseñanzas que el encierro ha traído para Andreina; tenía mucho tiempo que no estaba las 24 horas del día junto a su mamá y hermana. A ella le costó un poco adecuarse a esta nueva dinámica, porque solía pasar desde las seis y media de la mañana hasta las seis de la tarde fuera de la casa antes de la pandemia. Ahora sale muy poco y es exclusivamente para comida o medicinas.

Las jornadas en cuarentena están marcados por si el internet funciona o no, ya que si lo hace, entonces, Andreina puede despertarse tranquila pensando que podrá realizar lo planeado; ahora, si no funciona “es pararse a las tres o cuatro de la mañana a hacer todo el trabajo que tenía atrasado del día anterior”. Ella depende del internet de la vecina, puesto que tiene un tiempo sin que el servicio de la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela, CANTV,  funcione.

Cuando estaba finalizando el tercer lapso de bachillerato, la docente estaba entre dicha responsabilidad, la universidad privada para que la cual trabaja y quehaceres del hogar. “Me tenía que dividir en prestar atención en tres cosas diferente para poder o tratar de resolver todo en un solo día (…), entonces, llegó un momento en que yo decía: si la COVID-19 no me lleva a la locura, esto sí”, o el encierro o el internet.

 

Equilibrio

La desinformación, noticias falsas e infoxicación de contenido en redes sociales es perjudicial para salud mental y la pandemia por la COVID-19 ha aumentado el pánico en los ciudadanos sobre si es el fin del mundo o qué. Andreina decidió bloquear a varios periodistas y medios de comunicación de su Instagram porque veía demasiadas noticias amarillistas, entonces, se dijo “Ya va, un momento, no puedo con tanto”.

Sin embargo también le preocupa la otra contraparte: aquellas personas que no tienen el privilegio de tener un teléfono inteligente, ¿cómo se informa?, ¿de rumores?, son preguntas que ella se hace a diario. “Da un poquito de miedo que la gente se está tomando esto a la ligera y hay mucho por qué preocuparse, ya que uno vive escuchando: lávate las manos, cuídense, el distanciamiento; pero cuando vas a las área populares de la ciudad, te encuentras que no hay nada de eso”, explica.

Andreina trata de mantener la cordura. Producto de la exposición prolongada a demasiadas noticias, hubo un tiempo que no quería salir; luego le bajó dos y cada vez que vuelve a casa de alguna diligencia sigue un proceso de desinfección: el único par de zapatos que recorre la ciudad en pandemia los rocía con alcohol, los coloca al lado de la puerta principal, ahí mismo se quita toda la ropa y dependiendo de dónde estuvo, va directo al baño. “Cuando voy al mercado, me vuelvo un poquito maniática”.

 

Signos de normalidad 

“De todo se aprende” es la frase que Andreina se repite constantemente cada vez tiene un obstáculo a largo del día. “Ante cualquier dificultad uno puede tomar cosas buenas y de esta disyuntiva (la pandemia) hay muchas que aprender tanto personal como profesionalmente”.

La mascarilla es parte de la ropa de Andreina ahora. Créditos: Cortesía.

Ella añora retomar sus fines de semana en el Parque La Llovizna, porque para ella  es su “lugar de paz y yo estando allí, sé que vendrá la normalidad. Sino fuera por la cuarentena, cada 15 días estaría ahí. Eso para mí sería volver a la normalidad totalmente”.

Y aunque la teacher aún no sabe cómo dará clases el año escolar 2020-2021, de lo único que tiene certeza es que todavía quiere dar clase. “Lo primero que pienso hacer es preguntarle a los coordinadores del octavo grado cómo es la conectividad de los chicos y si tienen algún correo para comunicarme con ellos”. No será la rutina de siempre, pero es enseñar y es lo que a Andreina le apasiona.

 

*El nombre de las instituciones educativa fue omitido en el texto para crear relatos que conecten con todos y no con un grupo en particular  

 

Valeria Requena